Primera vez
Podría ser una joven, claro, pero solo lo sabrá una vez que le toque su turno.
El sol cae en la calurosa tarde de noviembre. Solo se refleja sobre los techos de las casa altas en la vereda de enfrente.
Carlitos camina con paso firme y un gesto serio sobre su rostro. Lo acompaña un señor de finos y largos bigotes castaños, prolijo traje negro con camisa blanca y zapatos lustrosos al tono. La mano sobre el hombro del muchacho denota un gesto protector.
Se detienen y el mayor da tres golpes secos con el llamador de bronce que cuelga sobre una pesada puerta gris. Un ojo asoma a través de la mirilla que se abre, y luego se escucha el ruido de una traba que es abierta. La puerta deja escuchar como un quejido al abrirse, denotando la falta de lubricación de sus bisagras. Aparece entonces la figura de un señor en camisetilla y algo excedido de peso. Saluda al acompañante por su nombre y los invita a pasar. Luego vuelve a meterse en la habitación contigua a la puerta donde puede escucharse una transmisión radial que suena a bajo volumen.
Ellos siguen por el pasillo y desembocan en un patio. Se acercan a unas sillas que están junto a una puerta alta de doble hoja y cuyos vidrios se encuentran protegidos por cortinas. Entonces el hombre se palpa los bolsillos como si estuviera buscando algo. Le habla al oído a Carlitos, le marca una de las sillas para que se siente y sale por donde ingresaron.
Los pantalones cortos que viste el muchacho hablan de que aún no cumple los dieciocho años, y los vellos de sus temblorosas pantorrillas dicen que transita la adolescencia. Relojéa el pasillo de baldosas rojas. Sigue recorriendo con su mirada hasta superar las columnas que lo separan del patio central. Allí pueden verse varias macetas con plantas y flores. Cuando llega con sus ojos el otro lado de la galería, observa con asombro deteniéndose en cada una de las puertas. Escucha el tango que suena en la fonola apostada sobre la esquina derecha. Asiente e intenta seguir el ritmo tal vez para distraerse, aunque no se anima a silbarlo. Hace crujir sus dedos y no para de mover los pies.
Mira hacia la puerta de entrada, se estira hacia delante sin despegarse de la silla como esperando a quien lo acompañó. En ese momento escucha que se abre la puerta junto a la que está sentado. Sale un hombre con su sombrero en la diestra y se lo coloca al pasar frente a él. Cuando Carlitos vuelve su mirada hacia la puerta se encuentra con una mujer morocha, alta, que no es fea, pero tampoco llega a ser linda. Está envuelta en una bata y tiene un cigarrillo entre los labios, sin sacarlo de su boca y echando humo al hablar, le dice:
— Vos sos nuevo ¿no? Tuviste suerte pibe, pasá antes que te vea la vieja de al lado, que a ese le gustan los tiernitos.