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sábado, 30 de junio de 2012

El último penal (por Maxi el sollicitus)

El pitazo del árbitro atraviesa el estadio invadiendo los oídos de cada uno de los presentes. Bernardino Ferrarasa despliega su envión hacia la pelota. Los tapones se hunden en el barro junto al punto penal como un arado en tierra fértil. La humedad de la transpiración se desliza por la frente hasta nublarle la visión al poderoso goleador. Las banderas que cuelgan de la tribuna destilan agua como una sábana recién lavada. El latir de los corazones retumba entre el silencio de las almas que esperan el desenlace. Un niño aprieta fuerte la mano de su padre. Algunos creyentes aprietan fuerte sus rosarios aforrándose al padre. Los incrédulos se comen las uñas hasta los nudillos. Los fanáticos permanecen inmóviles con su camiseta entre los labios. Los compañeros de Ferrarasa tienen clavadas sus rodillas sobre el césped de la mitad de cancha. Los brazos de unos sobre otros como árboles que entremezclan sus ramas. Algunos miran como el cielo parece sacarle fotos. Otros pierden su vista sobre el horizonte. El que termina detrás de un arquero dispuesto a arruinarle la fiesta. El mismo arquero que Ferrasasa ve como una pared gris que cubre hasta el último centímetro del arco. Un arco que el goleador tantas veces hizo parecer un arco iris, pero que ahora le parece una ratonera. En lo alto del estadio una cabina de transmisión. Un relator ya parado con el micrófono tembloroso entre sus manos. Una garganta sedienta de gol que se prepara para hacer explotar las radios del pueblo con su grito de gloria. El pitazo del árbitro acaba de atravesar el estadio y el arquero afirma sus pies sobre una imaginaria línea de cal borrada por la lluvia. Se agazapa. Desde su tribuna los creyentes ponen en un aprieto a Dios. Piden por su arquero. Ruegan por un tiro desviado del goleador. Rezan por una nueva oportunidad. Los incrédulos cruzan los dedos con fuerza. Cientos o miles de cuernos en las manos intentan mufar al pateador. Los fanáticos le dan la espalda, no quieren observar el final. El arquero se encuentra bajo los tres palos. Lo siente como el arco del triunfo. Observa fijamente la pelota que en momentos como éste le parece del tamaño de una naranja. Intenta adivinar a donde la enviará Ferrarasa. En lo alto del estadio, otra cabina. Otro relator de rodillas sobre su silla. Un micrófono apretado entre sus manos temblorosas. Una garganta que sueña con nombrar al arquero como héroe de la jornada, del equipo, de su pueblo, del mundo.
Y el pueblo es atravesado por el pitazo del árbitro que invade los oídos de sus habitantes. Bernardino Ferrarasa despliega su envión hacia la pelota. Los tapones se hunden en el barro junto al punto penal como un arado en tierra fértil. El goleador cierra sus ojos. Los músculos se tensan transformando la zurda en un cañón. Ferrarasa le propina un golpe seco y fuerte al balón que sale disparado sobre la valla y el arquero deja de ser parte de esta tierra para volar como un ave en su búsqueda…

2 comentarios:

  1. Maxi, no podés dejarme así. Como termina el cuento. Hay un segundo capítulo? Vamos viejo, no jodás.

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  2. MUY BUENOOOOOOOO, SEGUI ASI Y...

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